Un nuevo contrato representa una oportunidad de negocio para las partes involucradas, en especial si una de ellas compitió por ser el proveedor de una compañía que quiere sustituir importaciones asiáticas. El ajuste a 1,463 fracciones arancelarias de productos que provienen de países con los que México no tiene acuerdo comercial, reforzó ese incentivo.
Pero el ímpetu por ganar el contrato pocas veces viene acompañado de un plan que refuerza la seguridad industrial. En el almacén, un chispazo puede detener la línea del cliente, quemar inventario y convertir la oportunidad en una falla de continuidad operativa.
Carecer de un programa de protección contra incendios es un riesgo operativo que puede terminar con el encanto, de acuerdo con Eurídice Ibarlucea, gerente de Desarrollo de Negocios Internacionales para México en la Asociación Nacional de Protección contra el Fuego (NFPA, por sus siglas en inglés).
En entrevista con The Logistics World aclara que “el incendio es el síntoma, pero no la razón”. Cada siniestro esconde áreas de oportunidad en clasificación del riesgo, acomodo del producto y disciplina operativa.
Cuando crecer también sobrecarga
El primer punto crítico aparece cuando una empresa, generalmente de menor tamaño, gana un pedido que rebasa su capacidad habitual. Ibarlucea explica que, al convertirse en proveedor de una manufacturera mayor, la compañía “generalmente sobrecarga la cadena de producción que normalmente maneja”.
Y cuando se sobrecarga la cadena el espacio donde antes se tenía un almacén de materia prima se vuelve insuficiente: se empieza a manejar más material del que se manejaba antes. Si no se está acostumbrado a gestionar de manera segura esas cantidades, aumenta el riesgo.

Lo primero es clasificar el material de acuerdo con su nivel de riesgo; es decir, “cómo se comporta un fuego con determinado material”. Harina, polvos, fibras, plásticos, cartón, alcoholes o grasas no se comportan igual frente al fuego. “El azúcar es explosiva”, por ejemplo.
De la normativa a la automatización
En México, la determinación del nivel de riesgo en los centros de trabajo incluyendo espacios de almacenamiento, se enmarca en la NOM-002-STPS-2010 que define medidas de prevención y protección considerando diversos elementos incluyendo el tipo de inventario, superficies, áreas de paso, entre otros.
De acuerdo con la experta de la NFPA, un proveedor que tiene que cubrir con las entregas en tiempo y forma, llega a sobrecargar su capacidad de producción. Máquinas, bandas y montacargas están diseñados para ciertos tiempos e intensidades.
Si la demanda obliga a extender turnos, cargar equipos con más frecuencia o mover más producto, aumentan los calentamientos, fallas eléctricas y cortocircuitos, sobre todo cuando no hay equipos aprobados para fallar con seguridad; es decir, “que se corte la energía y no pase a mayores”.
Cuando se busca un contrato: necesitamos saber cuál es nuestra capacidad para hacerlo con seguridad
En producto terminado, el almacén es vivo: entra y sale mercancía todos los días. Si una salida se retrasa, si los racks bloquean ventilación o descarga de agua, o si los pasillos se reducen para ganar espacio, el inventario se vuelve combustible.
La confianza también se quema
Pero un incendio no sólo consume mercancía; también consume confianza. “A la mayoría de las empresas no les conviene que se sepa (que tuvo un incendio) porque tienen contratos y cadenas logísticas comprometidas”, refiere Ibarlucea.
En cadena de suministro, el incumplimiento no se queda en la bodega; viaja hacia producción, distribución y servicio al cliente. La industria automotriz ilustra la exposición. Una planta depende de proveedores de vestiduras, parabrisas, cinturones, plásticos, empaques y otros insumos. Si uno falla, la manufactura completa puede perder ritmo.
Por eso, los clientes grandes exigen políticas de seguridad alineadas con sus estándares. Ese alineamiento ya no debe verse como requisito externo, sino como argumento comercial.
Un proveedor local confiable no sólo promete entregar más barato; demuestra que puede sostener volumen sin improvisar almacenamiento, mantenimiento ni respuesta a emergencias. La continuidad del cliente empieza en el orden del proveedor.
El inmueble como parte del sistema
La transición entre vender más y operar mejor pasa por mirar el inmueble. Ibarlucea compara un almacén con una fogata gigante: racks, cajas, pasillos y espacios de aire entre materiales combustibles.
“Lo que se construye es espacio para que haya oxígeno entre todo ese combustible”, dice tras mencionar que en el acomodo de las mercancías debe considerarse el triángulo del fuego: combustible, oxígeno y calor. Si falta uno de esos elementos, el fuego no puede existir, ni propagarse. Esta es la base de la prevención de incendios.
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En México, el Reglamento Federal de Seguridad y Salud en el Trabajo obliga a clasificar el riesgo de incendio, contar con detección, equipos y sistemas fijos cuando correspondan, dar mantenimiento a instalaciones eléctricas y de gas, señalizar áreas inflamables, mantener rutas de evacuación, capacitar brigadas y realizar simulacros.
La NOM-006-STPS-2023 añade condiciones para almacenamiento y manejo de materiales mediante maquinaria. Aplica en todo el territorio nacional y exige procedimientos para instalación, operación, revisión y mantenimiento de equipos, además de capacitación y supervisión del almacenamiento. En centros de distribución, el layout también es una decisión de seguridad.
El checklist que sí protege
El primer paso es preguntar si la empresa está asegurada y cómo está clasificado su riesgo. Si no hay aseguradora, la revisión debe hacerse internamente con mayor rigor.
Saber qué se almacena, en qué cantidades, con qué embalaje y bajo qué temperatura permite decidir separación, alturas de estiba y rutas de evacuación.
El segundo paso es revisar fichas de seguridad. No todos los materiales reaccionan igual al agua, al calor o a metales. Esa información debe llegar al gerente de almacén, al responsable de mantenimiento, al operador de montacargas y al equipo de inventarios. La seguridad no funciona si sólo vive en una carpeta.
El tercer paso es mantenimiento. Ibarlucea identifica las instalaciones eléctricas como causa recurrente. Sonidos extraños, humedad, contactos sobrecargados, centros de carga improvisados y equipos sin ventilación deben tratarse como alertas operativas.
Calor, reputación y capacitación
De acuerdo con Eurídice, la estacionalidad puede influir, pero no explica que en determinado momento del año exista un pico en el número de incendios de bodegas, almacenes o de centros de distribución.
“Nos enteramos más o quizá somos más receptivos a este tipo de hechos, pero los incidentes ocurren todos los días, todo el año”, agrega. La diferencia está en la visibilidad: cuando un incendio crece, sale del control de la empresa.

En temporadas de calor, lotes aledaños a la instalación con pasto seco, maleza o materiales abandonados se convierten en combustible externo. La recomendación es retirar esa carga alrededor de la bodega, limpiar áreas secas y mantener franjas libres que ayuden a confinar un evento antes de que alcance el almacén.
La segunda recomendación es reducir intervalos de mantenimiento. Si una techumbre de lámina concentra calor, conviene medir temperaturas, revisar cables, tableros, ventilación, manómetros y fichas técnicas de materiales instalados. Ibarlucea propone hacerlo con la lógica con que se cuida al personal en calor extremo: más vigilancia, menos espera.
El contrato del millón se gana en la negociación; pero se conserva en el almacén. Capacitar a gerentes de seguridad, mantenimiento, proyectos, operadores de montacargas y personal de inventario en qué hacer, cómo evacuar y qué verificar no sustituye al sistema; evita que la respuesta dependa de improvisación.













