Un semiconductor no empieza ni termina en una oblea. Entre la mina y el chip hay más de mil procesos productivos, decenas de cruces fronterizos y una cadena logística tan compleja como crítica para la economía global. En ese terreno “invisible” —plásticos especializados, gases, embalaje, transporte aéreo, cuartos limpios y servicios industriales— México no está llegando tarde: ya está dentro.
Los semiconductores se han convertido en la columna vertebral de la manufactura global, y su crecimiento proyecta una década de expansión sostenida. De acuerdo con la Semiconductor Industry Association (SIA), las ventas globales del sector alcanzaron USD 791,700 millones en 2025, con una proyección de llegar al trillón de dólares en 2026, según el World Semiconductor Trade Statistics (WSTS).
McKinsey eleva aún más la vara: al considerar no solo la venta directa de chips, sino el valor agregado generado en diseño, integración y servicios, la industria podría alcanzar entre USD 1.5 y 1.8 billones hacia 2030.
“En la complejidad de esa cadena cabemos todos, y sobre todo cabe México”, afirma Jesús Silva Elizalde, Associate Director, Global Outreach & Extended Education en Arizona State University.
Pensar que la oportunidad para México está únicamente en fabricar chips es reducir una industria profundamente logística a un problema de manufactura avanzada, añade el entrevistado. La verdadera ventana está en la cadena extendida de suministro, donde ya existen capacidades instaladas, talento operativo y experiencia en industrias transversales.
Más de 1,000 procesos y 60 fronteras
Hablar de semiconductores sin hablar de logística es quedarse en la superficie. La industria que hoy sostiene a sectores como el automotriz, la electrónica de consumo, la computación y, cada vez más, la inteligencia artificial, opera sobre una de las cadenas de suministro más complejas del mundo. No es una exageración: desde que un mineral estratégico es extraído de una mina hasta que un chip llega integrado a un vehículo, un teléfono o un centro de datos, el proceso puede involucrar más de mil etapas productivas y el cruce de decenas de fronteras.
Jesús Silva Elizalde lo explica con claridad durante la entrevista: “Desde que sale de una mina a que ese semiconductor está dentro de un celular o de un automóvil pasan más de mil procesos productivos. Es una cadena profundamente compleja, y en esa complejidad cabemos todos”.
Ese “cabemos todos” no es retórico. Es una afirmación estratégica para países como México, cuya fortaleza histórica no ha estado necesariamente en el diseño de obleas o en la litografía avanzada, sino en la operación, la proveeduría y el movimiento eficiente de bienes intermedios.
A diferencia de otras industrias, en semiconductores no existe un proceso lineal ni concentrado en un solo territorio. La cadena está fragmentada por especialización: unos países concentran la extracción de minerales, otros la manufactura química, otros la fabricación de equipos, otros el ensamblaje, otros el empaquetado, y otros el transporte altamente especializado que permite que todo fluya sin margen de error.
La cadena que no se ve: insumos críticos y servicios imprescindibles
Cuando se habla de chips, la conversación suele centrarse en las fábricas de miles de millones de dólares y en los procesos altamente tecnológicos. Sin embargo, detrás de esos titulares existe una cadena extendida de insumos y servicios sin los cuales la industria simplemente no funciona.
“Semiconductores es más que obleas, es más que litografía, es más que empaquetado avanzado”, insiste Silva Elizalde. “Hay todo aquello que no se ve: plásticos especializados, gases, bases donde se depositan las obleas, sistemas de limpieza de aire para cuartos limpios. Todo eso también es semiconductores”.
Esa afirmación abre una puerta clave para México. El país cuenta con décadas de experiencia en industrias transversales como la automotriz, la electrónica, el plástico, la química y la manufactura avanzada, que generan insumos directamente compatibles con los requerimientos del sector de semiconductores. No se trata de construir una industria desde cero, sino de adaptar capacidades existentes a estándares mucho más exigentes.
El papel crítico del transporte aéreo y la conectividad logística
Uno de los elementos menos comprendidos fuera de la industria es el peso que tiene el transporte aéreo en la cadena de suministro de semiconductores. A diferencia de otros sectores manufactureros, aquí el valor, la sensibilidad de los materiales y la urgencia de los tiempos convierten al avión en un eslabón esencial.
Silva Elizalde lo resume así: “Probablemente arriba del 70% de los insumos de semiconductores tienen que volar. Eso cambia completamente la conversación logística”.
Este dato redefine las ventajas tradicionales de la relocalización. La proximidad geográfica sigue importando, pero ya no basta con estar cerca: la conectividad aérea internacional, la frecuencia de rutas y la eficiencia en aduanas se vuelven factores estratégicos.
Para México, esto implica tanto oportunidades como retos. Estados con una base industrial sólida, como Baja California, Jalisco o Chihuahua, enfrentan desafíos de conectividad que todavía deben resolverse para integrarse plenamente a esta cadena. En otros casos, la oportunidad está en desarrollar hubs logísticos capaces de responder a una industria que no tolera retrasos ni improvisaciones.
Más allá de los “estados tecnológicos”: capacidades fuera del radar
Por eso es preciso romper con la idea de que solo ciertos estados pueden participar en la industria de semiconductores. El caso de Coahuila es ilustrativo. A primera vista, podría no parecer un candidato natural; sin embargo, al observar con mayor profundidad, emergen capacidades clave.
“Coahuila tiene minería, tiene refinamiento de minerales, tiene una de las mayores flotillas energéticas de la región. Todo eso es relevante para la cadena de semiconductores, aunque no fabriquen un solo chip”, explica Silva Elizalde.
Desde ASU ya se trabaja en mapeos en sitio para identificar qué capacidades productivas pueden integrarse a la cadena extendida, comenzando por la proveeduría hacia Arizona. No se trata de forzar vocaciones industriales, sino de conectar activos existentes con una demanda global creciente.
Pensar en ecosistema, no solo en manufactura
El hilo conductor de toda la entrevista es un llamado a cambiar el marco mental. México, señala el directivo de ASU, no debe limitarse a competir por plantas de manufactura, sino pensarse como parte de un ecosistema logístico‑industrial que incluya servicios, talento, regulación, conectividad y cooperación regional.
“Tenemos ejemplos exitosos de manufactura regionalizada, como el sector automotriz, donde un vehículo cruza la frontera varias veces antes de llegar al consumidor”, recuerda. La industria de semiconductores, aunque más compleja, puede seguir una lógica similar.
En esa lógica, la cadena “invisible” deja de ser secundaria y se convierte en estratégica. Ahí es donde México ya tiene terreno ganado, aunque no siempre lo haya visibilizado.












