Si mañana una empresa dejara de responder correos electrónicos, la operación no colapsaría de inmediato. Habría tensión, llamadas urgentes y una sensación inicial de desorden, pero la carga seguiría moviéndose, los contenedores se liberarían y los camiones llegarían a destino.
La infraestructura física de la logística no depende del intercambio constante de mensajes; depende de procesos, rutas, contratos y sistemas que continúan su curso aun cuando la comunicación humana se vuelve caótica. Lo que sí se vería afectado de forma casi instantánea es algo menos tangible, pero profundamente arraigado en el funcionamiento diario de las organizaciones.
Lo primero que se fracturaría no es la cadena de suministro en sí, sino la red silenciosa de confirmaciones, seguimientos, verificaciones y mensajes de tranquilidad que consume una porción enorme del tiempo humano.
Las tareas detrás de la operación
Ese tejido de interacciones que no mueve mercancía, pero sostiene la sensación de control, reduce la ansiedad operativa y crea la impresión de que todo está bajo supervisión constante.
Se trata de un tipo de trabajo que rara vez aparece en presupuestos formales y que ningún organigrama reconoce de manera explícita, aunque atraviesa prácticamente todas las áreas.
Durante años, los líderes del sector han ubicado sus costos en activos, contratos y personal ligado directamente a la ejecución. Sin embargo, una parte significativa de la energía organizacional se consume en microtareas cuyo único propósito es mantener a las personas alineadas en un entorno complejo:
Leer correos para confirmar que nada cambió, volver a capturar datos que ya existen en otro sistema, perseguir traspasos internos entre áreas y responder a clientes que no solicitan una acción concreta, sino una reafirmación de que nada está mal. Son actividades pequeñas, fragmentadas y constantes, que no suelen considerarse estratégicas, pero ocupan horas críticas de perfiles altamente calificados.

Aquí aparece una distinción que rara vez se formula de manera directa: muchas de estas tareas no requieren criterio, requieren atención. Y durante décadas ambas cosas se han tratado como si fueran equivalentes.
Así se construyeron estructuras organizacionales alrededor de la idea de que alguien debe “estar pendiente”, como si la vigilancia continua fuera sinónimo de control efectivo. Ese “estar pendiente” dejó de ser una actitud individual para convertirse en una función organizacional distribuida en múltiples roles.
Cuando la coordinación se vuelve estructura
Basta observar un día normal dentro de cualquier empresa de freight forwarding o logística para reconocer el patrón. Decenas, a veces cientos, de mensajes solicitando estatus, no porque haya un cambio real, sino porque la incertidumbre resulta incómoda.
La información suele existir en algún sistema, pero no siempre es visible, confiable o fácilmente interpretable, lo que empuja a las personas a reconstruir la certeza a través del contacto constante.
Equipos internos trasladan archivos y actualizaciones entre ventas, operaciones y finanzas; se realizan validaciones manuales de tarifas, reservas, documentos e hitos en plataformas que no conversan entre sí; y existen roles cuya función principal es asegurar que la información fluya y que nada se pierda entre procesos.
Este modelo no nació de la falta de capacidad individual, sino de la forma en que las organizaciones crecieron: cuando aumentó la complejidad, se añadieron coordinadores; cuando surgieron más sistemas, se añadieron capas de validación humana. La respuesta histórica a la fricción fue sumar personas, no rediseñar el sistema que la generaba.
La bandeja de entrada terminó funcionando como un sistema operativo informal. Ahí se confirma lo que ya estaba confirmado, se replica lo que ya existe y se documenta lo que nadie quiere que “quede en el aire”.
Es un sistema tan operativo como emocional, porque reduce el miedo a que algo falle. El problema es que su costo rara vezse reconoce de forma explícita: no aparece claramente en los presupuestos, pero sí se refleja en horas fragmentadas, atención dispersa y talento dedicado a tareas que no exigen su capacidad de análisis.
El cambio que viene es organizacional
En este contexto, los agentes de Inteligencia Artificial no llegan para “optimizar la logística” en abstracto, sino para ocupar este espacio de coordinación rutinaria que las personas realizan de manera constante.
Son sistemas diseñados para sostener la atención de forma continua: no se cansan, no olvidan y no dependen de horarios laborales. Pueden monitorear, conciliar, validar, notificar y escalar procesos de manera permanente, siguiendo interacciones entre sistemas y conversaciones que hoy los humanos conectan manualmente.
Por eso, la primera transformación no es espectacular ni dramática. No se trata de una sustitución masiva e inmediata de puestos, sino de la reducción progresiva de roles cuyo valor principal estaba en vigilar que todo estuviera bien.
¿Adiós a quienes ‘echan un ojo’?
Menos personas dedicadas a “echar un ojo”, menos gerentes persiguiendo actualizaciones, menos interacciones de servicio cuyo único propósito era confirmar que nada está mal. Lo que comienza a desaparecer es el trabajo invisible, no la operación física.
El impacto real, por tanto, no es tecnológico, sino organizacional. Muchas empresas están diseñadas alrededor de este trabajo silencioso: promueven a quienes mejor coordinan, recompensan la capacidad de respuesta por encima de la claridad estructural y aumentan la plantilla para absorber fricción en lugar de eliminarla.
Los agentes de IA invierten esa lógica, porque no gestionan la fricción, la absorben. Esto obliga a una pregunta incómoda para el liderazgo: cuánto de la organización existe únicamente para gestionar la incertidumbre creada por humanos gestionando a otros humanos.
Las empresas que se adapten con mayor solidez no serán necesariamente las que muestren herramientas más vistosas, sino aquellas que identifiquen con honestidad dónde vive el trabajo invisible, correo por correo y traspaso por traspaso, y decidan diseñarlo fuera del sistema.
Antes de invertir en más plataformas, conviene mirar la bandeja de entrada; antes de contratar, observar cuántas veces “revisar” sustituye a decidir. El futuro de la logística no se construirá con personas haciendo más trabajo a mayor velocidad, sino haciendo que gran parte de ese trabajo deje de ser necesario.













