Olvidemos por un momento al goleador fichado por millones. El hombre más importante del club moderno podría ser quien decide entre viajar el viernes o el sábado. En la economía del rendimiento extremo, donde un 1% de ventaja decide campeonatos, la logística ha dejado de ser un apoyo para ser el núcleo. Es la disciplina que traduce kilómetros en minutos de recuperación, que convierte un hotel en un santuario y que enfrenta la geografía bruta de un Mundial en tres países con la precisión de un estado mayor militar.
Aquí un lado no contado en la historia del fútbol: el de una industria que, para mover a equipos de 22 jugadores, debe poner en movimiento la maquinaria perfecta que normalmente mueve el mundo. Y en ese juego paralelo, todos buscan su arma secreta.
Las tácticas del movimiento
Mientras millones ven el despliegue de tácticas en la cancha, una operación silenciosa se desarrolla entre aeropuertos, hoteles y autobuses, buscando convertir cada minuto de viaje en una ventaja competitiva. Esta “estrategia invisible” choca frontalmente con un rival geográfico inmutable: las vastas distancias de ligas continentales y de megaeventos como el próximo Mundial 2026, donde la planificación de un vuelo puede pesar tanto como la de una jugada de estrategia. Dos frentes de una misma guerra donde la eficiencia operativa se ha convertido en el arma secreta más codiciada.
Hace apenas unas semanas, Jacob Tanswell narraba en The New York Times cómo el caso del Aston Villa de la Premier League puede ser tomado a manera de manual de esta filosofía. Matt Bennett, durante seis años jefe de operaciones del primer equipo, describió su misión con una claridad que cualquier director logístico entendería: “Mi trabajo era unir todo, para que los jugadores pudieran concentrarse únicamente en su rendimiento”.
Este principio se traduce en una obsesión por el detalle que comienza meses antes de un partido. Para los compromisos en Europa, Bennett y su equipo inspeccionaban personalmente hoteles y rutas con hasta seis semanas de antelación, evaluando desde la seguridad hasta el catering, en un esfuerzo por crear un “campo base” móvil y perfectamente controlado en cualquier ciudad. La sincronía con el entrenador era total, adaptando horarios y ubicaciones a sus preferencias para eliminar cualquier variable de estrés.
El culmen de este ecosistema portátil llegaba al minuto final del partido: un chef a bordo del autobús del equipo comenzaba a cocinar la comida de recuperación para los jugadores en el mismo instante en que abandonaban el estadio, garantizando una nutrición óptima sin demora. Esta logística de última generación, que Bennett exportó después a clubes como el Al Ain de Emiratos Árabes, demuestra cómo la excelencia operativa se ha profesionalizado y convertido en un activo transferible y crítico para el rendimiento.
Las distancias, rivales difíciles
Sin embargo, este modelo de precisión suiza se enfrenta a una prueba de resistencia mucho más brutal en ligas donde la geografía es el primer adversario. En la Major League Soccer (MLS) o la Premier League canadiense, los desplazamientos son significativos. El Pacific FC canadiense, por ejemplo, recorre 8,940 kilómetros ida y vuelta para enfrentarse al HFX Wanderers en Halifax.
Estos viajes transcontinentales no son una simple molestia; son un factor de riesgo medible. Luke Jenkinson, director de rendimiento humano del San Diego FC e investigador del impacto de los viajes, advierte en un artículo publicado en el Journal of Sports Sciences que el “malestar digestivo” y los problemas de hidratación son comunes, lo que a su vez “afecta significativamente” la absorción de nutrientes cruciales.
Las consecuencias son tangibles: “Se producen toneladas de lesiones musculares durante todos esos viajes y la falta de recuperación”, afirma Jon Poli, jefe de preparación física de los Vancouver Whitecaps. Para mitigar estos efectos, los equipos han desarrollado protocolos que rivalizan en sofisticación con los de un equipo de élite europeo. El San Diego FC, por ejemplo, implementa un menú especial de “carga de combustible” con comidas bajas en picante antes de los partidos como visitante.
Incluso se recurre a equipamiento personalizado, como hizo la selección de Dinamarca en el Mundial 2018, que viajaba con colchones especiales de la marca Tempur para garantizar el sueño perfecto en cualquier hotel. “Hay muchos factores que influyen para conseguir ese 1% o 2% extra”, explicó el defensa Mathias Jørgensen en una entrevista con ESPN, resumiendo la filosofía que iguala la importancia de un pase milimétrico con la de un descanso reparador.
La Copa del Mundo, la gran prueba
El Mundial 2026, que se jugará entre México, Estados Unidos y Canadá, será el laboratorio definitivo de esta “batalla contra la geografía”. El sorteo ha creado itinerarios dispares: mientras México iniciará el torneo cómodamente en la Ciudad de México, Canadá enfrentará algunos de los traslados más largos de la fase de grupos. Equipos como Inglaterra deberán saltar de Massachusetts a Texas, acumulando millas y fatiga. La planificación logística, por tanto, se eleva de táctica de club a estrategia de selección nacional, donde la elección de la sede del campamento base, la gestión de husos horarios y la logística de recuperación entre partidos podrían decidir el destino de un campeonato.
Para el sector logístico, este escenario ofrece una lección poderosa. El fútbol de alto rendimiento ha entendido que la cadena de suministro más valiosa es la que transporta al activo principal: el jugador. Ya sea a través de la meticulosa estandarización de procesos, como en el Aston Villa, o de la resiliencia adaptativa necesaria para cruzar continentes, como en la MLS, el objetivo es el mismo: minimizar la fricción y maximizar la disponibilidad.
Un jugador lesionado puede representar una gran pérdida; invertir en una logística impecable no es un gasto operativo, sino la mejor de las pólizas de seguro. Los encargados de la planificación cuando se juega fuera de casa quizá sean tan importantes para una victoria como los preparadores físicos.













