Cuando se habla de sostenibilidad en logística, la conversación suele desviarse hacia acciones visibles y simbólicas: reciclaje, campañas ambientales o reportes corporativos.
Sin embargo, en la operación real, el impacto ambiental rara vez nace en el contenedor de residuos. Se gesta mucho antes, en decisiones cotidianas que parecen estrictamente operativas.
Durante el webinar “Sostenibilidad Aplicada en Procesos Logísticos”, organizado por la AMELTAF Academy, Margie Bazán, Sustainable Business Manager en BG Metal Trade Inc., planteó una idea que reconfigura el enfoque tradicional: la sostenibilidad no es un área aislada ni un discurso corporativo, sino el resultado acumulado de decisiones dentro de la cadena logística.
“Cuando intentamos aplicar conceptos de sostenibilidad sin entender cómo funciona la operación real, se sienten desconectados y poco realistas”, explicó.
En un entorno donde la logística opera con presión de tiempo, cambios de demanda, restricciones presupuestarias e información incompleta, cualquier iniciativa ambiental que ignore esa dinámica termina convirtiéndose en un “parche”.
La sostenibilidad, en ese sentido, no puede diseñarse desde una isla organizacional. Debe integrarse en la lógica sistémica de la cadena.
El efecto dominó: de una compra mal planificada a un residuo
Uno de los ejes centrales de la ponencia fue entender la cadena logística como un sistema interdependiente. Una decisión tomada en planificación impacta inventarios; los inventarios impactan almacenes; el almacenamiento impacta consumo energético y, eventualmente, generación de residuos.

Bazán propuso un ejercicio simple: imaginar una compra mal planificada. Esa compra genera sobrestock; el sobrestock ocupa espacio en almacén; el inventario se deteriora o pierde vigencia; y finalmente se convierte en residuo.
Cuando la empresa analiza el problema, suele enfocarse en la etapa final —la disposición del residuo—, sin revisar el origen.
“Los problemas ambientales no nacen en el residuo; nacen mucho antes, en decisiones operativas cotidianas”, sostuvo.
Este efecto dominó es particularmente relevante en contextos donde las compras urgentes se normalizan o donde la desviación entre lo planificado y lo real no se monitorea con rigor.
En términos ambientales, cada error acumulado implica consumo energético adicional, horas-hombre innecesarias y emisiones indirectas que rara vez se contabilizan como parte del impacto logístico.
Inventarios inmovilizados: el impacto invisible
El almacén suele convertirse en la zona de amortiguación de las decisiones erróneas. Allí se materializa el inventario acumulado que no rota, que no tiene salida comercial o que quedó obsoleto tras un cambio en la demanda.
Bazán compartió el caso de toneladas de material metálico almacenadas durante años tras la cancelación de un proyecto. El producto permanecía en cajas, nuevo, sin uso. Mientras tanto, el almacén continuaba operando: consumo eléctrico, alquiler del espacio, revisiones periódicas de inventario y capital inmovilizado.
“Mientras el inventario no rota, sigue consumiendo recursos de forma pasiva”, explicó.
El problema se complejiza cuando entra en juego el área financiera. Dar de baja un inventario implica reconocer pérdidas contables, lo que retrasa decisiones. Sin embargo, mantener el material almacenado también genera costos ocultos y emisiones indirectas.
En algunos casos, ese inventario podría valorizarse como residuo y reinsertarse en un circuito productivo, pero la falta de una política clara retrasa la acción.
Aquí la sostenibilidad se cruza directamente con la eficiencia operativa. Reducir inventarios inmovilizados no solo libera capital, también disminuye consumo energético, uso de espacio y, potencialmente, emisiones asociadas.
Transporte: el mayor impacto no está en la flota, sino en la ruta
En el debate público, la sostenibilidad en transporte suele asociarse con la transición hacia vehículos eléctricos o combustibles alternativos. Sin embargo, Bazán enfatizó que el mayor impacto ambiental del transporte comienza mucho antes de elegir la flota.
“El mayor impacto en transporte empieza mucho antes de esa flota. Viene desde la planificación de rutas”, afirmó.

Cargas parciales, despachos urgentes, rutas improvisadas o entregas fragmentadas generan recorridos adicionales que incrementan consumo de combustible y emisiones. En muchos casos, estas prácticas se normalizan bajo la presión de servicio al cliente o la falta de coordinación interna.
El concepto del “iceberg” ilustra bien esta dinámica: lo visible son las emisiones; lo invisible son las decisiones operativas que las provocan. Optimizar ocupación de carga, reducir viajes urgentes y coordinar ventanas de entrega pueden tener un impacto ambiental inmediato, incluso sin modificar la tecnología del vehículo.
En otras palabras, la eficiencia logística es, por definición, una estrategia ambiental.
Residuos sin trazabilidad: el problema no desaparece, solo cambia de lugar
Cuando finalmente se llega a la etapa de gestión de residuos, la sostenibilidad enfrenta uno de sus mayores riesgos: la informalidad y la falta de trazabilidad.
“Los residuos sin trazabilidad no eliminan ningún problema; lo trasladan fuera de la empresa”,
advirtió Bazán.
Entregar materiales a canales informales puede parecer una solución rápida o económicamente conveniente, pero implica riesgos reputacionales, legales y ambientales. La responsabilidad no termina cuando el residuo sale del almacén.
La trazabilidad —saber hacia dónde se dirige, cómo se procesa y si se reincorpora a un ciclo productivo— se convierte en un componente estratégico.
Este punto adquiere relevancia en un contexto donde los reportes de sostenibilidad y los criterios ESG ganan peso en auditorías, procesos de compra y evaluación de proveedores. Las decisiones logísticas diarias terminan reflejándose en la narrativa corporativa y en la percepción de los stakeholders.
Eficiencia y coherencia operativa: la ecuación de la sostenibilidad
A lo largo del webinar, Bazán sintetizó la sostenibilidad aplicada en una ecuación sencilla: eficiencia y coherencia operativa. La eficiencia implica utilizar menos recursos para lograr el mismo resultado.
La coherencia exige que las decisiones en cada eslabón de la cadena no contradigan el objetivo global.
“La sostenibilidad logística no necesariamente se diseña en un documento; se va resolviendo en los procesos, en cada decisión operativa que tomamos”, concluyó.

Este enfoque traslada la conversación del plano discursivo al terreno práctico. No se trata de añadir más procesos, sino de alinear los existentes bajo una lógica sistémica.
Revisar desviaciones en compras, monitorear inventarios inmovilizados, optimizar rutas y asegurar trazabilidad de residuos son acciones que, además de mejorar indicadores financieros, reducen impactos ambientales.
En ese sentido, la sostenibilidad deja de ser una iniciativa paralela y se convierte en una consecuencia natural de una logística bien gestionada.
Para las organizaciones que buscan competitividad en un entorno cada vez más exigente, el mensaje es claro: el impacto ambiental no empieza en el reciclaje. Empieza en la planificación.













