La crisis en Medio Oriente ha vuelto a poner en evidencia una relación que, aunque estructural, pocas veces se dimensiona en su totalidad: la dependencia directa de la logística respecto a la energía.
Cada escalada geopolítica en una región clave para el suministro global de petróleo y gas tiene un efecto casi automático sobre los costos de transporte, distribución y operación en América Latina.
Lejos de ser un fenómeno distante, el conflicto impacta de forma inmediata en las cadenas de suministro. No por proximidad geográfica, sino por la forma en que está construido el sistema energético global: concentrado, interdependiente y altamente sensible a cualquier disrupción en puntos estratégicos.
Un shock energético que se traduce en costos logísticos
Durante el webinar “What the Middle East crisis means for Latin America”, organizado por ClimaInfo y la organización Periodistas por el Planeta, especialistas coincidieron en que la energía se ha convertido en el principal canal de transmisión de las crisis geopolíticas hacia las economías de la región.
“Cuando se tensionan zonas estratégicas como el Golfo Pérsico o el Estrecho de Ormuz, los mercados reaccionan con volatilidad: suben los precios, se generan incertidumbres y se alteran las decisiones de inversión”, explicó Aleida Azamar Alonso, investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).
Ese movimiento no se queda en los mercados internacionales. El incremento en los precios del petróleo se traduce rápidamente en combustibles más caros, particularmente en el diésel, base del transporte terrestre en América Latina.
A partir de ahí, el impacto se amplifica: mover mercancías se encarece, los costos operativos aumentan y la presión se traslada a toda la cadena de suministro.
“Cuando suben los precios internacionales, el impacto es casi inmediato: electricidad más cara, transporte más caro, producción más costosa e inflación”, advirtió Azamar.
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América Latina: alta exposición, baja capacidad de amortiguación
El problema no es únicamente el alza de precios, sino la velocidad con la que ese incremento se refleja en las economías locales. América Latina ha construido su modelo energético sobre cadenas de suministro largas, dependientes y con baja resiliencia, lo que limita su capacidad de respuesta ante choques externos.
México es uno de los casos más representativos. Aunque produce petróleo, depende en gran medida de la importación de gas natural y combustibles refinados. Esta estructura provoca que cualquier variación en los precios internacionales impacte de forma directa en los costos logísticos.
“México está más expuesto de lo que suele reconocerse, no tanto por el petróleo en sí, sino por la forma en que está estructurado su sistema energético”, señaló Azamar. “Importa una gran parte de los combustibles que consume y depende fuertemente del gas natural para generar electricidad”.

A esta dependencia se suma una limitada capacidad de almacenamiento, lo que reduce el margen de reacción ante disrupciones. El resultado es un sistema altamente sensible tanto a incrementos de precio como a posibles interrupciones en el suministro.
Brasil, por su parte, refleja otra dimensión de esta vulnerabilidad. Aunque ha incrementado su producción petrolera y se ha convertido en exportador relevante, mantiene una dependencia importante de importaciones de diésel.
“El país importa entre el 25% y el 30% del diésel que consume, y eso hace que los precios internacionales impacten directamente en el mercado interno”, explicó Hélder Queiroz, coordinador del Grupo de Economía de la Energía de la Universidad Federal de Río de Janeiro.
Dado que el transporte por carretera domina la logística brasileña, este impacto se traslada de forma inmediata a los costos de distribución y, posteriormente, a la inflación.
La volatilidad como nuevo riesgo operativo
Más allá del encarecimiento, la crisis introduce un elemento adicional: la incertidumbre. La volatilidad en los precios de la energía dificulta la planificación logística, especialmente en operaciones que dependen de contratos de mediano y largo plazo.
Las empresas enfrentan un entorno en el que los costos pueden variar abruptamente, afectando tarifas, rutas y estrategias de inventario. Este contexto obliga a adoptar esquemas más flexibles, pero también incrementa el riesgo financiero.
“El sistema energético global es profundamente dependiente, vulnerable y altamente político”, subrayó Azamar. Esta condición convierte a la energía en un factor de riesgo operativo, no solo en un insumo.
En consecuencia, la logística deja de ser únicamente una función de eficiencia para convertirse en un área expuesta a dinámicas geopolíticas.
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Respuestas de corto plazo: garantizar suministro, contener impactos
Ante este tipo de crisis, la prioridad de los gobiernos suele centrarse en asegurar el abastecimiento energético. Esto puede implicar subsidios, estímulos fiscales o incluso el refuerzo en el uso de combustibles fósiles para evitar disrupciones mayores.
Sin embargo, estas medidas tienen límites claros. “La seguridad del suministro se vuelve central, porque impactos en inflación o interrupciones en el abastecimiento son políticamente muy sensibles”, apuntó Queiroz.

En este contexto, las decisiones se orientan al corto plazo, buscando estabilidad inmediata, aunque sin resolver las vulnerabilidades estructurales del sistema.
La crisis en Medio Oriente confirma una tendencia que se ha venido consolidando: la logística está cada vez más expuesta a dinámicas geopolíticas a través de la energía. Lo que ocurre en puntos estratégicos del sistema energético global tiene repercusiones directas en los costos operativos de la región.
Mientras América Latina mantenga una alta dependencia de combustibles importados y una limitada diversificación energética, esta exposición seguirá siendo constante. Cada crisis internacional no solo tensionará los mercados energéticos, sino que se reflejará de forma inmediata en la logística.
Y en ese contexto, gestionar la energía deja de ser un tema sectorial para convertirse en un factor crítico de competitividad logística.













