El nearshoring dejó de ser una promesa abstracta para convertirse en un fenómeno operativo que está redibujando el mapa logístico del país.
Lejos de un crecimiento homogéneo, la relocalización de cadenas productivas avanza con distinta intensidad según la infraestructura disponible, la cercanía con Estados Unidos y la capacidad instalada de manufactura y transporte.
La narrativa del “boom” se ha moderado, pero la presión sobre corredores estratégicos, carreteras, puertos y parques industriales es cada vez más tangible, obligando a empresas y autoridades a replantear prioridades de inversión y planeación territorial.
De acuerdo con Aldo López, VP & Co-Founder de Onest Smart Logistics, el fenómeno generó expectativas muy altas cuando comenzó a tomar fuerza, pero ahora entra en una fase más realista y sostenida.
“El nearshoring hizo mucho ruido hace un par de años cuando empezó este crecimiento exponencial… no ha decaído y seguirá creciendo, pero no a los niveles que se pensaba”, explicó en entrevista telefónica con The Logistics World.
Aun así, prevé que México mantenga un flujo relevante de inversión extranjera vinculado a manufactura, lo que inevitablemente se traduce en más movimiento de mercancías, desde materias primas hasta productos terminados destinados a exportación.
En ese contexto, la logística emerge como el verdadero termómetro del fenómeno. La relocalización implica abastecer plantas, redistribuir inventarios y conectar con los mercados de destino, principalmente Estados Unidos, lo que incrementa la complejidad operativa de las cadenas de suministro.
“Va a ser mover mercancía: primero que llegue materia prima, hacer manufactura aquí y luego moverla”, señaló López, subrayando el impacto directo sobre operadores logísticos, transporte terrestre y capacidad de almacenamiento.

Este proceso también está obligando a las empresas a replantear sus estrategias de inventario, diversificar proveedores y fortalecer la visibilidad de sus operaciones para evitar interrupciones.
Corredores que concentran la transformación
El efecto territorial del nearshoring es evidente. La actividad no se distribuye de manera uniforme, sino que se concentra en corredores que ya contaban con infraestructura, conectividad y ecosistemas industriales consolidados.
El eje Monterrey–Nuevo Laredo y la región del Bajío encabezan la lista de zonas que capturan la mayor parte del dinamismo logístico, impulsados por su cercanía con la frontera, la presencia de clusters manufactureros y la disponibilidad de talento especializado.
Según López, estos corredores mantienen alrededor del 80% de la participación en el movimiento asociado al comercio exterior manufacturero, lo que explica la presión sobre parques industriales, carreteras y cruces fronterizos.
La saturación de naves industriales observada hace dos años comenzó a aliviarse con nuevas inversiones en desarrollos logísticos, pero evidenció que la demanda superó a la oferta durante la primera fase del fenómeno.
La llegada de nuevos parques y centros de distribución refleja una respuesta del mercado para evitar cuellos de botella que podrían encarecer las operaciones o ralentizar los flujos comerciales.
El fortalecimiento de estos ejes también responde a la integración comercial de América del Norte y a la expectativa de condiciones favorables en la revisión del tratado regional.
La consolidación de cadenas de suministro dentro del bloque mantiene la presión sobre la infraestructura fronteriza y refuerza el papel de México como principal socio exportador de bienes hacia Estados Unidos, lo que a su vez incentiva nuevas inversiones logísticas.
Puertos y centro del país: crecimiento más moderado
Aunque el norte concentra la atención, otras regiones también experimentan cambios, aunque a un ritmo distinto. Puertos estratégicos continúan expandiendo su capacidad para manejar mayores volúmenes de importación y exportación, especialmente de materias primas y componentes industriales que alimentan la manufactura nacional.
Sin embargo, su crecimiento es más gradual que el de los corredores fronterizos, ya que su papel se vincula más con el abastecimiento que con la salida inmediata de mercancías hacia Estados Unidos.
El centro del país conserva relevancia como nodo de distribución nacional debido a su posición geográfica y conectividad interna, lo que permite abastecer tanto al norte como al sur.

No obstante, no es el principal destino de nuevas inversiones manufactureras orientadas a exportación inmediata, lo que limita su protagonismo en esta etapa del nearshoring. Su función se mantiene más ligada a la redistribución doméstica y a la consolidación de carga, lo que sigue siendo crucial para el consumo interno y el comercio electrónico.
Esta dinámica evidencia una logística de doble velocidad: expansión acelerada hacia la frontera para exportación y consolidación progresiva en el resto del territorio para distribución nacional.
El sur-sureste: una apuesta de largo plazo
La relocalización también ha reactivado la discusión sobre el desarrollo logístico del sur-sureste, históricamente rezagado en infraestructura industrial y conectividad.
Proyectos de transporte y corredores interoceánicos buscan atraer inversión hacia esa región, con la intención de equilibrar el crecimiento económico del país y abrir nuevas rutas comerciales que conecten océanos y mercados internacionales.
“El gobierno está apostando mucho a crecer en la parte del transístmico para el sureste… será el que menos impacto inmediato tenga, pero donde habrá más desarrollo porque hoy tiene menos”,
explicó López.
Esto significa que la transformación en esa zona dependerá no solo de infraestructura, sino de la capacidad para generar manufactura, atraer empresas y formar capital humano que sostenga la operación logística.
El reto será convertir los proyectos en polos productivos reales que justifiquen la instalación de centros de distribución, parques industriales y servicios de transporte especializados. Sin esa base, la infraestructura por sí sola no garantizará la llegada masiva de inversión.
De la narrativa al desafío operativo
El paso del entusiasmo inicial a una etapa de implementación concreta implica nuevos retos para el ecosistema logístico. La expansión de la manufactura requiere transporte especializado, infraestructura carretera en mejores condiciones y mayor capacidad portuaria y aeroportuaria.
También exige tecnología para planear inventarios, optimizar rutas y anticipar la demanda, especialmente en un entorno de volatilidad económica y cambios en el comercio internacional.
En este escenario, el nearshoring deja de ser únicamente un tema de inversión industrial para convertirse en un desafío sistémico de logística nacional. La redistribución de los flujos comerciales está redefiniendo qué regiones ganan relevancia estratégica y cuáles necesitan acelerar su desarrollo para no quedar al margen.

Además, plantea la necesidad de coordinación entre sector público y privado para evitar que la falta de infraestructura o de capacidad operativa limite el potencial de crecimiento.
Más que un auge uniforme, México enfrenta una reconfiguración territorial impulsada por la proximidad con Estados Unidos y por la capacidad de sus corredores para absorber el incremento en el movimiento de mercancías.
El fenómeno continúa, pero su impacto real se mide ahora en kilómetros de carretera, metros cuadrados de almacén, tiempos de cruce fronterizo y eficiencia operativa, no en anuncios de inversión.
Esa transición del discurso a la ejecución es la que definirá qué tan profunda será la transformación logística del país en los próximos años.













