Enero de 2026 marcará el banderazo crítico: la Representación Comercial de Estados Unidos (USTR) debe reportar al Congreso los resultados de sus consultas y su ruta para la revisión del T-MEC, un proceso que—según el calendario del acuerdo—arrancará formalmente en el primer trimestre y que, aunque tiene una primera estación el 1 de julio de 2026, puede prolongarse durante todo el año. En ese lapso, la región vivirá semanas de incertidumbre táctica y de intensa presión negociadora, pero sin riesgo de colapso del tratado.
¿Por qué importan tanto esos tres primeros meses de 2026? Porque ahí se definen el tono, la profundidad y el alcance de la revisión: si Estados Unidos expone por escrito su plan (o lo reserva a audiencias cerradas), qué pide en acceso a mercado y disciplinas, cómo México y Canadá consolidan una postura común y qué instrumentos se usarán como palancas de negociación. Ese trimestre es el “ajuste de tuercas” que coloca las piezas de la mesa para el resto del año: clarifica escenarios, calibra riesgos y abre oportunidades de inversión y relocalización industrial si se mantiene la trilateralidad y la certidumbre regulatoria.
En la semana clave de audiencias públicas en Washington, Kenneth Smith, presidente del Comité Empresarial Bilateral México–Estados Unidos del COMCE y socio de AGON, participó en la coalición norteamericana (CENAT) y dejó un dato que ordena el cuadro general: “Más del 75% de los comentarios recibidos piden extender el tratado por otros 16 años; apenas el 2% habla de cancelarlo”. El respaldo, sin embargo, viene acompañado de exigencias puntuales: “Inclusive los grupos que apoyan el tratado señalan múltiples temas que deben estar sobre la mesa de discusión y recomiendan mejoras operativas”, dijo. En lo inmediato, Smith advierte un nudo procedimental: “No sabemos si el informe de USTR al Congreso en enero será un documento detallado por escrito o sólo audiencias a puerta cerrada”, lo que prolongaría la incertidumbre durante el primer trimestre y forzaría a México y Canadá a reaccionar en tiempo real.
Aspectos estratégicos
Desde la óptica técnica y estratégica, Antonio Ortiz Mena, presidente del Comité Técnico de estrategia del T-MEC del COMCE y CEO de AOM Advisors, pide un enfoque sereno y de largo aliento: “Hay que ponerse el cinturón de seguridad, pero tener la confianza de que vamos a llegar a buen puerto”. Su meta sustantiva: “Que México y Canadá tengan mejor acceso al mercado de Estados Unidos que cualquier otro país”, aun si aparecen aranceles de presión, y—idealmente—con cero aranceles y la eliminación de barreras no arancelarias injustificadas. Para él, la pieza central no es sólo el arancel: es el nivel de certidumbre frente a acciones unilaterales estadounidenses (Sección 232 por seguridad nacional, IEEPA por emergencias económicas, o incluso la Sección 122 de la Ley Comercial de 1974 por balanza de pagos). “De poco nos serviría mantener arancel cero si continúan barreras unilaterales”, subrayó.
En cuanto a forma y tiempos, Smith precisa que el tratado prevé que para el 1 de julio de 2026 los tres países presenten recomendaciones, pero el reloj no es fatal: “Este puede ser un proceso que tome todo el año; y si no hay acuerdo en 2026, el T-MEC contempla revisiones anuales en 2027–2028”. Además, desactiva una narrativa extendida: “El acuerdo no expira bajo ninguna circunstancia hasta 2036; lo único posible—de probabilidad bajísima—sería que un miembro notifique su retiro con seis meses de anticipación”. En la práctica, anticipa una estrategia de presión conocida: “Es poco probable que Estados Unidos quite los aranceles; más bien los usará como herramienta durante la revisión”.
Es la geopolítica
La lectura geopolítica refuerza el guion económico. Ortiz Mena recuerda que la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense sitúa la competencia con China sobre todo en comercio e inversión: “Si eso es el objetivo, la solución necesariamente pasa por México y Canadá. No hay manera de que Estados Unidos, por sí mismo, sea competitivo para exportar a terceros mercados si no es en conjunto con sus vecinos”. Este telón de fondo hace coherente que México aspire a ser destino privilegiado de inversión, siempre que ofrezca acceso preferente y reglas claras. Más aún: ve oportunidades en sustitución de importaciones desde Asia y en sectores críticos (electrónica, semiconductores, equipo médico de alta tecnología, centros de datos, inteligencia artificial), incluso en bienes de uso dual bajo el Arreglo de Wassenaar: “Si Estados Unidos quiere reforzar su seguridad nacional, necesita duplicación de producción de bienes críticos en países vecinos y socios”.
Del lado táctico, Kenneth Smith recomienda preparar dos frentes desde ya: “Apoyar al gobierno en formular prioridades de México para la revisión” y consolidar un Cuarto de Junto moderno: “Tener expertos del sector privado y sociedad civil acompañando al gobierno en tiempo real, retroalimentando conforme los socios pongan posturas sobre la mesa”. A la par, propone una vía constructiva trilateral: “Convergencia para combatir prácticas desleales (contrabando, remedios comerciales) y reglas comunes que eviten importaciones que violen derechos laborales, ambientales o humanos”. Lo complejo no es levantar barreras, dice, sino “construir capacidades en Norteamérica para competir con productos de mayor calidad y atraer inversión en los sectores del futuro”.
Esta búsqueda de trilateralidad será una de las tensiones del trimestre. Kenneth advierte que Estados Unidos—en especial el presidente Trump—ha coqueteado con esquemas bilaterales y con modelos que combinan aranceles base, restricciones cuantitativas y prioridades de acceso para sus exportaciones, como se ha visto con la UE, Japón y Corea. Ahí, coordinar con Canadá y preservar la arquitectura trilateral del T-MEC se vuelve un objetivo político y operativo de primer orden para México.
Ortiz Mena, por su parte, insiste en no sobredimensionar los sobresaltos del camino: “No hay que ver esto nada más del lado de las amenazas… Estoy convencido de que México va a salir ganón y que habrá nuevas oportunidades”. La clave, repite, será la certidumbre: “Reducir el nivel de incertidumbre fue el objetivo del TLCAN y debe serlo ahora. Si México brinda certidumbre y acceso privilegiado, puede ser un gran ganador en el nuevo desorden internacional”.
Qué esperar, con realismo
A decir de los expertos, entre enero y marzo de 2026 pueden esperarse, primero, señales procedimentales desde Washington sobre la forma del reporte (documento escrito vs. audiencias cerradas). Segundo: la postura oficial de México, anunciada para enero, con prioridades en trilateralidad, cumplimiento, facilitación y un paquete pro-inversión en sectores estratégicos.
Tercero: uso de aranceles como presión mientras se explora un terreno común con Canadá para reglas convergentes y cooperación contra prácticas desleales. Cuarto: mensajes políticos que, aunque puedan subir el volumen en redes, operarán más como herramienta de negociación que como preludio de ruptura. Quinto: definición de mecanismos de acompañamiento técnico (Cuarto de Junto) y hojas de ruta para sustitución de importaciones y despliegue industrial en cadenas críticas.
Con todo, el trimestre no será de titulares catastrofistas, sino de diplomacia económica intensa, gestión de incertidumbre y preparación operativa. Si México y Canadá logran anclar la revisión en certeza jurídica, trilateralidad y proyectos industriales concretos, el resto de 2026 puede convertirse en una plataforma para atraer capital, escalar capacidades y blindar la competitividad de Norteamérica frente a Asia. “Paradójicamente podemos salir no sólo bien, sino muy bien parados”, concluye Ortiz Mena. Y en la antesala de la revisión, Smith resume la tarea: “Definir puntos en común, mantener el diálogo constante y reaccionar con información y estrategia”. Esa será la brújula de los primeros 90 días.













