La sostenibilidad está dejando de ser una narrativa reputacional para convertirse en un componente estructural de la estrategia empresarial.
A medida que evolucionan los mercados financieros, las regulaciones internacionales y los criterios de inversión, las empresas que incorporan prácticas ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) no solo buscan reducir riesgos operativos o reputacionales: también están posicionándose para acceder a nuevas fuentes de financiamiento y capital.
Durante un webinar organizado por el Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior, Inversión y Tecnología (COMCE), Karla Gallardo, CEO de Viwala, explicó que la sostenibilidad está transitando de ser un ejercicio voluntario, impulsado en muchos casos por iniciativas de responsabilidad social corporativa, hacia un nuevo estándar empresarial que influye directamente en decisiones de inversión, acceso a financiamiento y competitividad internacional.
En ese sentido, la sostenibilidad comienza a ocupar un lugar similar al que durante décadas han tenido los estados financieros: una herramienta clave para evaluar la solidez y la resiliencia de una empresa.
“La sostenibilidad ya no es un reporte de buenas intenciones; es el nuevo lenguaje del capital global”, explicó Gallardo, al referirse a la creciente integración entre los reportes financieros y la información sobre desempeño ambiental y social.
Del discurso ESG a la estrategia financiera
Durante más de una década, muchas empresas comenzaron a publicar informes de sostenibilidad para comunicar sus avances en materia ambiental, social o de gobernanza.
Sin embargo, la proliferación de metodologías y estándares generó un entorno fragmentado en el que cada organización reportaba bajo marcos distintos, lo que dificultaba la comparación entre empresas o incluso entre reportes de un mismo corporativo en distintos años.
Este escenario dio lugar a lo que especialistas han denominado una “sopa de letras”: múltiples estándares internacionales que coexistían sin una armonización clara.
En ese contexto, la sostenibilidad podía convertirse fácilmente en una herramienta de marketing o reputación, sin necesariamente reflejar los riesgos reales que enfrentaba una empresa o su impacto en el valor del negocio.
Para resolver este problema se creó el International Sustainability Standards Board (ISSB), organismo impulsado por la Fundación IFRS —responsable de los estándares contables utilizados en gran parte del mundo— con el objetivo de consolidar los marcos existentes y establecer reglas claras para reportar información de sostenibilidad.
El ISSB emitió dos normas globales que buscan integrar estos temas dentro del análisis financiero de las empresas. La primera, IFRS S1, establece el marco general para divulgar riesgos y oportunidades relacionados con sostenibilidad que puedan afectar el desempeño financiero de una organización.
La segunda, IFRS S2, se enfoca específicamente en los riesgos y oportunidades derivados del cambio climático.
La diferencia clave frente a los modelos anteriores es que ahora las empresas deben reportar información basada en el concepto de materialidad financiera, es decir, aquello que puede afectar el valor económico de la compañía, su flujo de efectivo o su posición en el mercado.
De esta manera, la sostenibilidad deja de ser un elemento paralelo a la estrategia empresarial y pasa a formar parte del análisis central de riesgos y oportunidades.
El efecto en la cadena de suministro
Uno de los aspectos más relevantes de estas nuevas normas es que amplían el alcance de lo que debe medirse dentro de una organización. En el caso de la norma climática, las empresas deben reportar sus emisiones y riesgos ambientales a partir de tres niveles de análisis, conocidos como alcances o “scopes”.
El alcance uno contempla las emisiones directas generadas por las operaciones de la empresa, mientras que el alcance dos se refiere a las emisiones indirectas asociadas al consumo de energía.
El alcance tres, en cambio, abarca las emisiones generadas a lo largo de toda la cadena de valor, incluyendo proveedores, transporte, distribución y uso final de los productos.
Este último nivel es el que introduce un cambio estructural en la forma en que operan las cadenas productivas. Si una empresa que cotiza en bolsa debe reportar el impacto ambiental de su cadena de suministro, inevitablemente comenzará a solicitar información y métricas verificables a sus proveedores.
En la práctica, esto significa que muchas pequeñas y medianas empresas —aunque no estén sujetas a regulación directa— deberán comenzar a medir su desempeño ambiental y social para mantenerse dentro de las cadenas de valor de grandes corporaciones.
En sectores altamente integrados al comercio internacional, como la manufactura, la agroindustria o la logística, este cambio puede redefinir la forma en que se seleccionan proveedores y socios comerciales.
Las empresas que ya cuenten con métricas claras de sostenibilidad podrían convertirse en aliados estratégicos para corporativos que necesitan cumplir con sus propios requisitos regulatorios.
México avanza hacia la obligatoriedad
En el caso de México, la adopción de estos estándares se encuentra en una fase avanzada. La Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) anunció la incorporación de estas normas dentro del marco regulatorio para empresas que cotizan en bolsa, lo que convierte al país en uno de los primeros en avanzar hacia su implementación obligatoria.
El calendario establecido contempla una transición gradual que permitirá a las empresas adaptarse a los nuevos requerimientos. A partir de 2026, las compañías públicas deberán incluir su primer reporte de sostenibilidad junto con los estados financieros tradicionales.
Posteriormente, en 2027, se introducirá un proceso de revisión de consistencia mediante aseguramiento limitado, y para 2028 los reportes deberán contar con auditorías externas completas bajo estándares internacionales.
Este proceso marca un cambio relevante en la forma en que se reporta la información corporativa, ya que los temas ambientales, sociales y de gobernanza comenzarán a evaluarse con el mismo rigor que los resultados financieros.
Aunque estas obligaciones no aplican directamente a las pymes, el impacto indirecto será significativo. Muchas empresas que forman parte de cadenas productivas de corporativos públicos o multinacionales tendrán que comenzar a documentar sus prácticas para responder a los requerimientos de sus clientes.
Financiamiento como incentivo para la transición
Más allá de las obligaciones regulatorias, otro factor que está acelerando la adopción de prácticas sostenibles es el acceso a financiamiento. En los últimos años, instituciones financieras, fondos de inversión y nuevas plataformas fintech han comenzado a integrar criterios de sostenibilidad dentro de sus modelos de evaluación de riesgo.
Esto significa que las empresas que demuestran avances en inclusión laboral, gobernanza corporativa o gestión ambiental pueden acceder a mejores condiciones de crédito o a instrumentos financieros diseñados específicamente para proyectos sostenibles.
En algunos casos, los financiamientos pueden ofrecer tasas preferenciales si las compañías se comprometen a cumplir metas específicas relacionadas con sostenibilidad. Además, estos esquemas suelen incluir asesoría para que las empresas puedan implementar las métricas necesarias para medir su desempeño.
Desde esta perspectiva, la sostenibilidad comienza a funcionar no solo como una obligación regulatoria, sino también como un mecanismo para fortalecer la resiliencia financiera de las organizaciones y mejorar su acceso a capital en un entorno económico cada vez más competitivo.
Una ventaja competitiva emergente
Para las empresas mexicanas que participan en comercio exterior, la integración entre sostenibilidad y financiamiento puede convertirse en un factor decisivo de competitividad en los próximos años.
Las compañías que comiencen a incorporar estas prácticas de manera temprana estarán mejor preparadas para responder a nuevas regulaciones internacionales y a las exigencias de clientes globales.
Al mismo tiempo, podrán posicionarse como socios estratégicos dentro de cadenas de suministro que cada vez valoran más la trazabilidad, la transparencia y la gestión de riesgos.
En ese sentido, la sostenibilidad ya no opera como un área aislada dentro de las organizaciones. Cada vez más, se integra con la estrategia financiera, la gestión de riesgos y la planeación operativa de largo plazo.
El resultado es un cambio profundo en la forma en que las empresas entienden su propio desempeño: no solo como un balance de resultados financieros, sino como una combinación de factores que determinan su capacidad para competir, atraer inversión y mantenerse relevantes en una economía global cada vez más exigente.













